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jueves, 17 de junio de 2010

Mi clase favorita

Ahora mismo me encuentro vigilando un examen final en un curso de la ESO. Puede que sea la peor clase del colegio. 25 alumnos, cada uno de su padre y de su madre, dispuestos a dar guerra y a sacar de sus casillas a cualquier adulto que se introduzca en sus dominios.
Son buenas personas: chavales cariñosos, con los que se puede hablar uno a uno. Pero cuando están en manada, no hay quien los soporte.
El examen comenzó hace una hora. A los tres minutos de haber empezado, 5 alumnos han tapado el boli Vic con el que ponían su nombre, lo han dejado encima de la mesa y se han dispuesto para pasar las siguientes dos horas de la forma menos mala posible.
Si me pongo a mirar uno a uno, todos me caen muy bien. Ahí está, en la esquina, el que saca peores notas. Es de un pueblo de la Granada profunda. Su única ilusión, conducir un tractor. Tiene 16 años, dos más que el resto. Tiene una novia que, según él, es “precioza” y cuando habla de ella, la llama La Marialuiza.
En todas las clases siempre hay un gordo feliz. En esta también. Dicen las malas lenguas que el último día que comimos hamburguesas en el cole, él se ventiló 12. Por supuesto que sólo piensa en comer y lo de la lengua, matemáticas e inglés le trae sin cuidado.
Cuatro alumnos representan a los “mírame los calzoncillos”; esos que llevan los pantalones bajaos y aunque no quieras, te encuentras con sus gallumbos de frente. Pelito largo en plan Beatle, calzoncillos surferos y gilipollez mental. Menos mal que esa enfermedad se pasa tarde o temprano.
Tres son los representantes de los hiperactivos, o mejor dicho, de los TDHA, que es como se llama ahora la dichosa enfermedad. ¡Qué manera de tocar las pelotas que tienen los tres! Está demostrado: son incapaces de estar más de diez segundos sin hablar y más de dos sin moverse. Mira que yo soy paciente y sosegado. Pero más de un día he deseado tirarlos por la ventana. Tienen el don de pedir a gritos ser abofeteados; son los típicos que cuando acabas de decir que el examen no se hace en color rojo, te preguntan que si se puede hacer con bolígrafo rojo.
Y como en todas las clases, ahí está mi enchufado. Más buena gente que nada, simpático, cariñoso, atento, educado,… pero más perro que una siesta. Creo que el último trimestre aprobó recreo y comedor, por los pelos. El resto, penco. Pero siempre está dispuesto a ayudarte, siempre tiene la tiza preparada cuando llegas, te da los buenos días por la mañana… etc. Un tío fenomenal. Si estudiase un poco , ya sería perfecto. Este fue el que el día de mi cumpleaños me regaló un bocata de tortilla.
También existen los estudiosos. Son pocos y además se dejan llevar por el mal ambiente que transmiten los no estudiosos. Así que tampoco los buenos sobresalen en exceso.
Pero ¿y lo bien que me lo paso con ellos? Intentar enseñarles problemas de velocidades, fuerzas, aceleraciones y tiempos, es tarea imposible. Que entiendan cómo se reproducen las bacterias o los hongos, se las trae floja y pendulona. Pero en el funcionamiento de cualquier móvil o en el pirateo de pelis y demás por internet, son unos cracks. ¡Y cómo cuentan los chistes! En la última excursión que hice con ellos, no me pude reir más.
Dentro de unos días les daremos las notas finales. A la mayoría les dará igual. A mi, no. Quiero que aprendan cosas y sean capaces de trabajar un poquito cuando las circunstancias lo requieran. Confío en que pronto puedan conseguirlo.