miércoles, 14 de noviembre de 2007

Una noche de verano


Tenía yo diecisiete o dieciocho años. No me acuerdo de la edad exacta, pero si de las circunstancias. Como si hubiera ocurrido ayer mismo.


Tumbados en hamacas, al fresco de una noche de verano, nos encontrábamos mirando las estrellas mi madre, una hermana mía y yo. Era casi el final del mes de julio.



Estábamos en silencio y de repente mi madre empezó a recitar:


How sweet the moonlight sleeps upon this bank!

Here will we sit, and let the sounds of music

Creep in our ears: soft stillness and the night

Become the touches of sweet harmony.


Look, how the floor of heaven

Is thick inlaid with patines of bright gold:

There's not the smallest orb that thou behold'st

But in his motion like an angel sings

Still quiring to the young-eyed cherubins;

Such harmony is in immortal souls;

But, whilst this muddy vesture of decay

Doth grossly close it in, we cannot hear it.





A continuación lo volvió a recitar, pero traducido al castellano.





Jamás me había pasado por la cabeza que mi madre pudiera recitar a Shakespeare de memoria. Fue una sorpresa máyúscula para mi. Busqué el texto (El Mercader de Venecia, acto V) y hoy, casi veinticinco años después, todavía soy capaz de recitar sin olvidar una palabra





¡Cuán dulcemente duerme el claro de luna sobre ese bancal de césped!

Vamos a sentarnos allí y dejemos los acordes de la música

que se deslicen en nuestros oídos. La dulce tranquilidad y la noche

convienen a los acentos de la suave armonía.



¡Mira cómo la bóveda del firmamento

está tachonada de innumerables patenas de oro resplandeciente!

No hay ni el más pequeño de esos globos que contemplas

que con sus movimientos no produzca una angelical melodía

que concierte con las voces de los querubines de ojos eternamente jóvenes.

Las almas inmortales tienen en ella una música así;

pero hasta que cae esta envoltura de barro,

que las aprisiona groseramente entre sus muros, no podemos escucharla.

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