
Más de uno me dirá que de qué me quejo, que tengo vacaciones de navidad de maestro. Pero aún así, ¡qué bien se está de vacaciones! y cuánto cuesta volver a trabajar después de 17 días sin dar un palo al agua.
A lo bueno te acostumbras enseguida y cuando tienes que volver a madrugar y a llevar un horario exigente, sin tiempo libre, te cuesta la mismísima vida.
En vacaciones, si te acuestas a las 2 de la mañana, lo mismo que si es a las 3. Si te levantas a las 10, bendito sea Dios. Empalmas el desayuno y la comida. Las sobremesas son interminables y el cafelito se enfría en la taza mientras tertulias con familia y amigos. En los ratos libres, un poco de Call of Duty 4, matando irakíes y chechenos, o de FEAR, matando, también, pero a engendros mecánicos. Los paseos al anochecer son agradables, sin prisas, metiéndote en cada escaparate curioso. Las cenas, tranquilas y placenteras. Y lo mejor, las conversaciones con mujer, hermana y cuñado mientras apuras los últimos ducados del día. Luego, colchones al suelo y cambia a los niños de cama. Esto es lo único que no echo de menos de las navidades. Al día siguiente, volver a empezar.
En no vacaciones, levántate a las 6 y veinticinco; trabaja hasta las 5 de la tarde. Recoge a los niños. Ayúdales con los deberes. Limpia cacas. Báñalos. Dales de cenar. Acuéstalos. Derrúmbate a las 10 en el sofá y métete rápido en la cama que, ya mismo, hay que volver a empezar.
No es que me queje de mi vida normal; soy feliz; pero… ¡Qué bien se está de vacaciones!
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