sábado, 31 de enero de 2009

Mi viejo hobby

Desde hace mucho tiempo me gusta bastante eso de hacer puzzles. Me relaja, me supone un reto y me divierte. Sí, soy asín de raro, me divierte.

Todo empezó a finales de abril del 89, estando yo en 3º de carrera. Mi novia, la que hoy es la nonuerna de Newman, me regaló un puzzle de 3000 piezas: una vista preciosa de Nueva York. Rápidamente me hice con una tabla de contrachapado de las medidas del puzzle, la puse sobre mi mesa de estudio y manos a la obra. A la media hora de empezar, ya éramos cinco los que lo intentábamos hacer, los cinco del piso de estudiantes. Recuerdo que era sobre las 10 de la noche. Que si unos flexos para ver mejor, que si un cafelito, alguna copichuela, y cuando nos quisimos dar cuenta, eran las 7 de la mañana. Tuve que echarlos de la habitación. Al día siguiente, lo mismo; pero ya no éramos cinco. Llegamos a estar hasta diez a la vez. A veces, volvía a casa y me encontraba a gente que no conocía enfrascada con las fichas. No tengo ni que decir, cómo me salieron los exámenes finales. Un desastre. Pero el puzzle quedó bien bonito. Al irme en verano tuvimos que deshacerlo. Después de la experiencia decidí no volver a tocar un puzzle hasta que terminase la carrera.

Y así fue. Allá por el 93, viviendo ya en el Santo Reino, y junto a Newman (aún no éramos nouernos), comenzamos de nuevo. La misma vista de Manhattan. ¡Qué tardes más buenas pasamos! Recuerdo que nunca separamos el puzzle de aquel licor de moras (más malo que un dolor) que nos parecía increíble. Poniamos música de Dire Straits, copita y a trabajar. Estabamos en la gloria.

Al venirme a Granada, empezaron a llegar los niños y claro, la casa pequeña, los puzzles grandes, niño no toques y niño que tira la mitad del puzzle al suelo y se traga dos fichas. Así que decidí posponer mi afición hasta la jubilación.

Pero... a veces los milagros se producen. Los Reyes Magos pasan por una tienda de juegos y descubren algo que me puede devolver la felicidad de otros tiempos. ¿Qué fue lo que me trajeron? ¡¡¡Un portapuzzles!!! Aquí lo tenéis:



Es como una maleta portafolios pero a lo bestia. Y por dentro tiene un sistema que impide que las piezas se muevan por mucho que menées la maletilla. Lo abres, haces algo del puzzle y, cuando te cansas o tienes otras obligaciones, lo cierras y a otra cosa. ¡¡¡Una maravilla!!!

Así que otra vez manos a la obra. Ahora, los que me ayudan son mis hijos. Hicimos uno de 1000 piezas en 48 horas. Es un bonito cuadro de un tal Viktor Shvaiko.


Y pienso seguir; ya he empezado el segundo.

6 comentarios:

no soy un ángel dijo...

no sabía qué existían, la cantidad de problemas que me habrían ahorrado en mis tiempos de niña siempre trasladando el puzle encima de una tabla y cayéndos piezas

O Churriño dijo...

... Esa descripción del puzle, los novios, un licorcito, una tarde lluviosa, ...en fin no sigamos...... un poco mas y me haces llorar...
QUE MOMENTO MAS ROMÁNTICO....

Suso dijo...

Yo viví con un tío enloquecido por los puzzles. Tenía una tabla inmensa en su habitación, de madera, (de madera la tabla, no la habitación) con miles de piezas pequeñitas que aquí y allá iban juntándose hasta formar el cuadro de las lanzas de Velazquez.

El tío tenía sesenta y cinco tacos y se tiraba años con el asunto.

Yo siempre pensé que la cara que tenía no era de nacimiento, era por hacer puzles...ahora veo que no,¿o tú eres la excepción?

lolokaka dijo...

Pues no me acuerdo de haber contribuìdo a la cuestiòn, la verdad... Aunque recuerdo vagamente cierto àrbol que habìa en la esquina izquierda, creo. Pero en fin, hasta las 7 seguro que no. Yo solo estaba hasta las 7 si habìa mus. Crece màs!

Robert Redford dijo...

¿Cómo no te vas a acordar, Lolokaka? ¡Si no hacíamos otra cosa! Y dices bien... había un árbol en la esquina superior izquierda

Robert Redford dijo...

Suso: tampoco he hecho tantos como para que me cambie la cara... pero no lo descarto en el futuro.