martes, 26 de febrero de 2008

Ángeles y demonios (original de Driver)


ANGELES Y DEMONIOS

El miércoles pasado operaron a mi hija Sara.
La pequeña tiene seis años. Las pasé bien putas. Gracias a Dios todo salió bien. Bueno, todo no….; alguien tiene que ir urgentemente al taller. Urgentemente.
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Nunca he creído en los ángeles. Esos seres asexuados, con careto de querubines, emplumadas alas y corporeidad antigravitatoria, no son de este mundo. Ni nadie los ha visto.
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Miércoles cuatro de la tarde. Entro con Sarita y su madre al hospital Nuestra Señora de América, en los madriles. Para operarla hay que firmar un documento que te viene a decir, que si la niña se va de este mundo, tu único derecho es enterrarla. Así de crudo.
Como no tienes otra opción, firmas el papel. El anestesista te pregunta el peso de la niña. Intentas entrar en el quirófano, y te dicen que nones. Así que se llevan a tu hija del alma, y tú te quedas bien jodido en un pasillo. Esperando y rezando.
Bajas a la cafetería y los ves a la primera. En esos momentos de la vida, en que cada minuto es un año, tu atención se dispara y no se te escapa ni una.
Son cuatro, ocupan la mesa del fondo, junto a la salida de emergencia.
Son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. A saber: la muerte, el hambre, la peste y la guerra. Hoy se han disfrazado de conductores de coches fúnebres. Están en el hospital porque es su trabajo. Transportar fiambres.
Me acojono más de lo que ya estoy. Subo corriendo siete pisos. Pregunto por la doctora Alonso. Se está preparando para la operación. Me salto el control y consigo hablar con ella.
-¡Doctora, están ahí, son cuatro!
-Lo sé, siempre están ahí.
-¿Pero qué puedo hacer?
-Señor, no puede usted hacer nada.

Y te vas, y vuelves al pasillo, y lloras como un niño, y deseas que la doctora Alonso sea un ser humano feliz, y que anoche haya hecho el amor con su pareja hasta la extenuación, y que hoy sea un día muy lúcido para ella, y que no le tiemble el pulso, y que el anestesista no la cague.

Y te quedas, de pie, en un pasillo. Con cara de gilipichis.

Así que no puedo hacer nada…, de eso nada monada.
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Me bajo al parking. Desengancho la cabeza tractora de mi trailer. Maniobro marcha atrás hacia la salida del mortuorio. Saco todas las cadenas que tengo para conducir con nieve. Las armo, una tras otra, hasta formar un tirante de diez metros. Engancho un punta al eje trasero de mi Volvo. El otro extremo al eje delantero del mercedes del servicio funerario. Bien sujeto.
Arranco el motor. Sin moverme subo revoluciones. Llego a las cinco mil. Piso embrague. Engrano segunda con reductora.
Respiro, pienso en mi hija y levanto bruscamente el pie del embrague.
Los neumáticos de mi Volvo rasgan el alquitrán. Se forma un nube azul. Salgo disparado. Me siguen mis cadenas y el eje delantero de un mercedes.
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Hoy ese coche no se mueve ni de coña.

Aparco donde puedo. Subo a planta. Espero y desespero.

A las ocho de la tarde sale la doctora Alonso. Está sudando. No sé lo que cobrará la señora, pero hoy me parece que se ha ganado el sueldo.
Me dice que la niña está bien, que no me preocupe.
Yo la abrazo, le doy dos besos y rompo a llorar como un magdaleno
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Nunca he creído en los ángeles. Esos seres asexuados, con careto de querubines, emplumadas alas y corporeidad antigravitatoria, no son de este mundo.
Pero se que al menos existe uno.
La doctora Alonso.

Con unas alas blancas, rasgando el horizonte.

2 comentarios:

Laurita dijo...

Pues yo te digo que sí existen, sólo que no son asexuados, no tienen careto de querubines, ni emplumadas alas ni corporeidad antigravitatoria, y sí que son de este mundo, aunque algunos van y vienen, son como los recaderos de Dios. Lo sé porque cuando la muerte me empezó a echar el aliento en mi oscura habitación de hospital, apareció uno de ellos y la apartó de un manotazo. Lo sentí con mis propios ojos y lo ví con mis propios sentimientos: es verdad.

Y por los jinetes del apocalipsis no te preocupes, son como los reyes magos: concejales disfrazados.

Driver dijo...

Efectivamente Laurita, existen.
Son hombres o mujeres, de caretos normales, sin capacidad para volar en el aire, que van y vienen y son los recaderos de Dios.
Se acercan, hacen su trabajo y se van.
Y tú te quedas ahí, con ganas de abrazarlos.
Algunas veces hay que pasar por el infierno, para apreciar el nítido color azul que nos rodea en este cielo.
El cielo de cada día.
El cielo de la vida que nos han regalado.
Por eso hay que dar las gracias.
Con la boca pequeña.
Muchas veces.