martes, 12 de febrero de 2008

Recuerdos de Jo. El día D (II)


Por la tarde dos aviones lanzan octavillas sobre Caen urgiendo a la población a abandonar la ciudad, avisando que iba a ser bombardeada al día siguiente. Casi nadie hizo caso.

En el pueblo, entre sorpresa y expectación, vemos aparecer en el cielo varios aeróstatos de observación detrás de Colombelles. Allí están los aliados. Tienen que estar en las colinas de Normandía. Esas salchichas, como las llamábamos todos, demostraron muy pronto una eficacia extraordinaria y un peligro inminente para la población civil. Los cañones disparaban a todo lo que se movía: primero un bote de humo, corregían el tiro con un obús de escasa potencia y con el tercer disparo daban en el blanco. Los soldados alemanes se veían obligados a cambiar de posición su artillería después de realizar unos pocos disparos.

Cuando faltó agua en las casas, hubo que empezar a ir a buscarla a un kilómetro de distancia, cerca de la iglesia vieja. Estaba ayudando a mi madre a llevar un recipiente que se utilizaba entonces para hervir la colada, y volvíamos en grupo –unas treinta personas- cuando cayó cerca un bote de humo. Antes de que llegara el segundo disparo estábamos todos asustados, acurrucados en el arcén. El tercero no llegó. Habían notado que éramos civiles.

La alegría de la víspera se vio pronto truncada. En Caen vuelven a lanzar octavillas avisando de que la ciudad será bombardeada dentro de hora y media.

Las explosiones se oyen cada vez más cerca de la población. Empiezan a caer obuses de grueso calibre disparados por los acorazados, y el cielo está dominado por escuadrillas aliadas. En la calle donde vivimos cae una bomba sobre una casa y mata a dos italianas, una madre y su hija de 18 años. Se recrudecen las explosiones, cada vez más cercanas.

Bajamos toda la familia al refugio que mi padre había excavado en el barracón del jardín, y reforzado con planchas de acero. Estábamos allí acurrucados un buen rato cuando oímos un chillido, como de rata. Mi madre se echó a llorar diciendo “se ha muerto mi madre”, y era cierto. Mi abuela vivía en una casa cerca de Caen, al borde de la carretera de Paris. Estaba bordando sentada cerca de la ventana cuando pasó un convoy alemán, que fue ametrallado por los aviones. Dos balas explosivas la alcanzaron en el pecho y la tiraron al fondo de la habitación, debajo de la cama.

Caen fue bombardeada a principios de la tarde. En 1944 la ciudad contaba con 52.000 habitantes, y pese a los avisos mucha gente no se fue. Hubo 7.000 muertos. Los dos puentes fueron destruidos y la parte cercana arrasada. Lo único que quedó en pie fue la iglesia de San Juan. A principios de 1945, cuando se pudo acceder a ella, los obreros encontraron una bomba sin explotar encima del altar.

Por la noche los tanques alemanes subieron por nuestra calle y se apostaron entre las casas para poder disparar sobre algún objetivo que se acercara. Al día siguiente gran parte de la población buscó refugio en una de las tres cuevas excavadas bajo el acantilado (de la meseta, Le Plateau). Unas cuantas familias, entre ellas la nuestra, optaron por quedarse pensando que la liberación era cuestión de días.

La situación se agravava, ya que la artillería de los buques disparaba sin concreción de meta. En la Gran Rue, un chico de mi edad apellidado Jankowski y su hermana murieron en el zulo de su jardín enterrados por un obús. Unos conocidos, también polacos, tuvieron la visita mientras dormían de uno de estos proyectiles, que dejó su impronta al entrar por la ventana de la escalera, salir por la ventana de la habitación, y terminar explotando en el espacio abierto al pie de la casa.

Tenía un amigo, de nombre Mietek, que vivía en una casa adyacente a la nuestra. Su hermano Alfred, pensando que estaría más seguro fuera de casa, se escondió en un pequeño agujero excavado en el jardín donde guardaban las patatas en invierno. La explosión cercana de un obús de grueso calibre aplastó el techo de paja del cobertizo con una capa de tierra. Tuvo suerte porque el Sr. Prokop, un checo enemistado con los Ukleja, presenció el hecho desde su ventana. Pese al riesgo de las explosiones continuas salió inmediatamente para desenterrar al chico. Era admirable el heroísmo y la solidaridad de gran parte de la sociedad de la época. En caso de peligro o necesidad arriesgaban su propia vida para preservar la de los demás.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya estoy esperando la tercera parte...

Driver dijo...

Me lo estoy empezando a creer de verdad.
Empiezo a ver claramente las imágenes.
Una entrega más y oigo el tableteo de las ametralladoras.
Frases cortas. El recurso para transmitir la verdad.
Las frases largas que consumimos habitualmente cansan.
Pero las cortas encantan.

Driver dijo...

Tu forma de escribir me ha recordado algo que me pasó en una guerra.
Como tú nos regalas historias, yo te regalo una historia. Total, nos va a salir por lo mismo.

POR LOS PELOS

Sólo soy un simple camionero.
La repugnancia natural que nos producen las fotos de los niños muertos, me impide comentar nada.
Sólo puedo hablar de lo que me pasó ayer en Beirut.
Estaba yo con mi Volvo de 16 toneladas de carga, repletito de naranjas para entregar a una O N se qué.
Me pararon en un control descontrolado.
Eran 12 niños armados con Kalasnikov, niños de 12 años de gatillo ágil.
Tenían una barrera hecha con neumáticos michelín 70/12 (es decir, de tractores).
A mí se me pusieron los güevos en el galillo, así que como no tenía más narices que pasar por el control, me puse a rezar la salve rociera, más que otra cosa para prepararme para morir, con un cierto sabor andaluz.
Yo pensé que palmaría allí sin más remedio, y que cuando mis tripas estuvieran esparcidas por la cabina de mi volvo, esos pequeños hijos de su madre, se harían 20.000 naranjadas con mi carga, y se las beberían a mi salud.
Decidí que si iba a morir, lo haría con dignidad, más que otra cosa por una simple cuestión estética.
Así que cuando me tocó el turno, bajé el cristal, les entregué mi documentación, y proseguí con la salve rociera.
Para amenizar los momentos inmediatos a mi defunción definitiva, cogí un cd de Alejandro Sanz, y lo puse en la disquetera.
Aquellos niños me apuntaban con los Kalasnikov, y yo,con mis oraciones rezadas, me dispuse a recibir una ráfaga del 44, mientras escuchaba "Ella", cantada con gran sentimiento por el chico de Moratalaz.
Entoces ocurrió, uno de los niños, con un bigotillo incipiente, me ofreció un trueque: un cargador completo de su ametralladora, a cambio del cd de Alejandro Sanz.
El trueque se efectuó en medio de un gran silencio.
Aquel hijo de su madre, con el cd en una mano y el arma en la otra, lo dijo claramente: "avanti alexandro".
Embragué, metí primera, y salí de allí con los pantalones mojados.
Por los pelos.
Atentamente : DRIVER.

Paul Newman dijo...

En realidad me dedico a transcribir las cuartillas escritas a pluma tal y como las tengo en mi poder. Es Jo quien escribe de esa manera.

Hoy le he tirado de la lengua y me ha contado algunas cosas que jamás me las hubiera imaginado. A ver si consigo que las ponga por escrito.

La historia del camión se las trae, y si yo fuera el camionero me hubiera ido más que mojado.

Siempre he pensado que la diferencia entre un tipo alistado a la fuerza, padre de familia, y un niñato con un kalashnikov a cuestas puede ser infinita.

Driver dijo...

Te acuerdo Paul,te propongo un trato.
Tú le tiras de la lengua a Jo y yo hago lo mismo con el camionero.
A ver qué sale.
Si hay trato, dímelo.
Y si no, nos vemos en Bolivia.
Por cierto Paul, siempre envidié la profesora de castellano que tenías para atracar bancos, y el paseo en bicicleta que te diste con ella.
Eso que te llevas al otro barrio.

Paul Newman dijo...

Hay trato Driver. Jo escribirá, pero me temo que ira saliendo poco a poco en el blog

Driver dijo...

Trato hecho Paul.
Tranquilo, sin prisas.
Se trata de disfrutar con los relatos.
Por cierto,me gustó mucho tu forma de interrumpir la partida de póker de tu amigo Redford, en la primera escena de "Dos hombres y un destino".
Tranquilo, sin prisas.
Se trata de disfrutar con las escenas.

Atentamente: Driver.