miércoles, 6 de febrero de 2008

Recuerdos de Jo. El día D (I)


Caén, capital del Calvados, era el núcleo de la operación. Tiene aeródromo militar, puerto comercial en el canal alimentado por el río Orne. Las carreteras principales con acceso a la costa y las grandes vías nacionales de Rouen, Paris, Le Mans y Angers se canalizaban por dos puentes en el centro de la ciudad. A vuelo de pájaro Arromanches (Gold Beach) está a veinticinco kilómetros, Courseulles (Juno Beach) a veinte, y Ouistreham (Sword Beach) donde desembocan el río y el canal a catorce.

A cuatro kilómetros de la costa una única carretera cruza las dos vías fluviales entre Benouville, donde nació mi hermana mayor, y Ranville donde vi, meses más tarde, unos veinte planeadores destrozados al aterrizar en los pastizales. Ambas poblaciones fueron ocupadas el 5 de junio a las 23’55. A un kilómetro del puente, río arriba, unas elevaciones –las colinas de Normandía- dominan y controlan la llanura y son el sitio ideal para la artillería. Le Plateau, donde vivíamos, está a cinco kilómetros de Caen y a la misma distancia de las colinas.

Hoy, seis de julio de 1997, todos mis recuerdos giran alrededor de ese mismo día del año 1944.

Siempre que unos aviones sobrevolaban la zona, hecho que ocurría un día si y otro también, los pilotos maniobraban para evitar ser alcanzados por el fuego cruzado de las baterías antiaéreas (recuerdo de aquellos días únicamente dos derribos, y en uno de ellos los alemanes siguieron disparando a la tripulación que se había lanzado en paracaídas). De noche se encendían varios reflectores que trataban de interceptar a los intrusos. Sin embargo, aquella noche todo era distinto. Los cazas aliados arrastraban bengalas para controlar o desconcertar a los alemanes.

Hacia las cuatro de la mañana se empezó a oír un retumbar sordo y continuo de disparos y explosiones. Pese a las bromas de sus amigos y de los vecinos, mi padre no se había cansado de afirmar durante meses que el desembarco se produciría en esta costa, y ahora exultaba de orgullo porque había acertado.

Cuando despuntó el día todo el mundo estaba en la calle excitado y feliz. Las noticias, reales o ficticias, volaban de boca en boca. Las desavenencias personales se habían esfumado como por arte de magia, y la gente se fue dispersando para ver que había pasado con los alemanes.

Hacia las 11 de la mañana estaba con mi madre en Mondeville. Nos encontrábamos al pie de la meseta, muy cerca de la panificadora militar que el gentío estaba intentando desvalijar. Oímos de pronto el traqueteo de un motor bajando la cuesta y, con expectación y sorpresa, se vio a un prisionero inglés, de pie en el camión, saludando al público con la mano. Todos responden con vivas y aplausos.

Cuando volvíamos a casa coincidí con tres “compañeros de viaje”, con los que tomaba cada día el mismo autobús para ir al colegio en Caen. Salimos a investigar la zona. Los alemanes acuartelados en la escuela del pueblo habían desaparecido, y tampoco había señales de vida en la casa del conserje. Estaba construida en una esquina del patio y era la que ocupada la Gestapo.

No recuerdo a quién de nosotros se le ocurrió sugerir que viéramos lo que había en la casa. Movidos por la curiosidad los cuatro saltamos la valla para encaramarnos a las ventanas. Apenas habíamos tenido tiempo de fisgar por los cristales cuando oímos como se detenía un coche: cuatro individuos fornidos, con botas, abrigos largos y placa metálica en el pecho salían del pequeño DKW. No se cómo hicimos para volver a saltar la valla y escapar cada uno en una dirección distinta. A mi me tocó correr a lo largo de una pared de unos 200 metros en dirección a los acantilados. Cuando alcancé la puerta de salida hacia la izquierda, oí un disparo y el ruido de un golpe seco en el muro, a mi derecha. Un poco más lejos me escondí en la maleza boca abajo hasta recuperarme del susto.

Regresé a casa por otro camino, pero no le comenté a mis padres lo que había pasado para evitarles un disgusto. El castigo ya lo había tenido con mis doce años impulsivos e insensatos.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

hola Paul me ha gustado el relato sobre el desembarco, oye por cierto, si vas a atracar alguna vez una caja y es verde con una espiguita me avisas un dia antes para no ir a curro, vale? sois geniales, seguid así.

Paul Newman dijo...

Ok. Últimamente eso de atracar bancos se ha puesto un poco difícil, así que si lo hacemos será con la connivencia del director (le daremos a elegir entre un 20% del botín y atizarle para que no parezca que está en el ajo, o simplemente no atizarle...)

A ver cuando cae una práctica en el campo de golf...

Anónimo dijo...

Hola Paul. Muy buen relato, pero me parece que tuyo no es ... ¿quien es Jo?

Paul Newman dijo...

Mío no es, claro. En realidad es la transcripción de las dos primeras (de 11) cuartillas escritas a pluma que tengo en mi poder. Iré publicando el resto poco a poco.

Jo es un conocido mío, a quién llamaban así de pequeño.

Sandybop dijo...

Muy buen relato , pero... ¿Quien eres? , muchas gracias por el comentario.

la nonuerna de Robert Redford dijo...

Es bastante conocido de Paul Newman: es su padre (y mi suegro).

la nonuerna de Paul Newman dijo...

Querido nonuerno...intento entenderte...pero no lo consigo...a ver si leyéndolo más despacio.

Anónimo dijo...

Una vez leído el relato, tengo la pantalla del ordenador llena de barro, la impresora agujereada por las baterías antiaéreas y la mesa del despacho se ha convertido en una improvisada pista de aterrizaje.
¡Que siga la saga!
Atentamente. Driver.